El recibimiento y protocolos rendidos a Raúl Castro en
Cartagena me hicieron revivir conocidos sentimientos de no pertenencia que ya
estaba cerca de superar. Yo entiendo y acepto la brecha generacional y las
innovaciones que ella trae consigo. Soy consciente de los cambios que aporta la
evolución natural y me considero bastante liberal en mis apreciaciones. Pero no
sé dónde ubicar en mi escala de valores la experiencia de ver a asesinos,
narcotraficantes, represores y terroristas recibiendo honores y rodeados de
símbolos de paz y de esperanza en mi país. Tanto han cambiado las cosas? qué
estamos mostrando a nuestra juventud? No niego que un reconocimiento de haber
equivocado el camino y la voluntad de contribuir a la paz de Colombia, les hace
merecedores de nuestra benevolencia, perdón y reconciliación. Pero tratarlos
como los héroes de la jornada? Además de todos los privilegios concedidos
debemos soportar la burla de un perdón "ofrecido" y una firma ilegal
en el documento oficial de los acuerdos? Debemos brindar un show internacional
de banderas y vestidos blancos mientras reprimen las protestas y espantan
periodistas dos cuadras más allá? Mientras el país no sabe aún la suerte de los
menores reclutados y los secuestrados aún en su poder? Mientras las cárceles
retienen a oficiales colombianos con procesos de dudosa fabricación? Mientras
deciden darnos a conocer el contenido del punto 3.3 de la página 69 de los
acuerdos ya suscritos? Mientras vemos en el escenario de "la paz"
unos actores que representan la zona más siniestra de la política? Mientras nos
dejan sometidos a una Jurisdicción Especial para la Paz que no tiene ni Dios ni
ley diferente a la de los de ellos mismos? Demasiados vacíos, me dice la razón
al unísono con un deseo casi audible de mi corazón que dice que acepte.... que
no luche... que ésta batalla está perdida y por alguna razón inexplicable, la
vida repite de nuevo aquello que tal vez no hemos sabido sanar…. De tanto vivir
aprendí por fin que ante lo inevitable no hay nada que hacer. Profunda frase al
mejor estilo Maturana que si bien no logra que me entregue antes de la batalla, si me permite aceptar y
asimilar con más facilidad, el resultado que se obtenga.
Un día dije adiós a mi patria con inmenso dolor; dolor de
niña que perdía sus apegos, dolor de miedo por un mañana incierto y dolor de
ver dolor en quienes amaba. Aquella lección fue la primera de muchas sobre los
vínculos y la confianza y como todo aprendizaje que se vive desde el corazón,
se convirtió en una norma de mi vida nueva. Hoy me acojo otra vez a la certeza
de estar donde debo y a la esperanza de dirigirme hacia un mundo mejor. Me
duele Colombia, hospitalaria y generosa; me duele imaginarla como el país que
ya una vez abandoné; nada me pertenece y a nada pertenezco, pero siento que mi
destino sí se llama paz y solamente yo puedo diseñarla para mí.

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