Mi querida Mary:
Hace unos meses vivimos la terrible probabilidad de no
tenerte más con nosotros. A medida que pasaba el tiempo y tu estado fluctuaba
entre una leve mejoría y una nueva crisis más aguda que la anterior, los
recuerdos de cosas vividas y los sentimientos que se expresaban en temor y angustia,
me revelaron que juntos: recuerdos y sentimientos, formaban una imagen
familiar, querida, confiable, que se asomaba siempre en mis momentos de
alegría, de felicidad, de dolor, de aflicción y de necesidad. Esa imagen eras
tú, siempre presente hasta en la ausencia física de la distancia.
Parada junto a tu cama tratando de rehacerte en oración,
recordaba cuando te conocí hace ya más de 40 años mientras luchaba con el temor
de perderte para siempre; me recreaba en recuerdos remotos como la simpática
disputa por un bocado de puré de papas con jamón y arvejas entre Juan David,
entonces de dos años a lo sumo, y su tía recién llegada de Europa, a quien
pedía con enojo: “Tía vete opa” como recurso para no tener que compartir su
comida contigo. Eras muy bonita, moderna, alegre y tenías actitudes infantiles que
complementaban perfectamente tu parte sofisticada, madura y con amplia y
universal cultura y conocimiento.
El siguiente recuerdo que me vino a la mente fue el trapo
aquel... que solamente en ti lucía porque tenías una manera muy tuya y muy
especial de manejarlo. Las orejas.... ingenuo fetiche que hacía parte de tu
muy particular manera de vivir y de relacionarte. Tu amor inmenso por los
animales, cualquiera que fuera excluyendo al sapo y que revelaba la
sensibilidad de tu alma buena. Preguntona... con una habilidad enorme para desenterrar de la boca las palabras y del
corazón las emociones. Recordé las aventuras cuando aprendías a manejar y
terminamos encaramadas en un montón de tierra sin poder bajarnos de allí. Cómo
olvidar las conversaciones interminables, donde encontrábamos coincidencias y
armonías en las formas de ver la vida y de interpretar sus maniobras. Y así
pasaste de ser una cuñada recién conocida, a la hermana que llenó ese vacío
fraternal desconocido hasta entonces para mí.
El tiempo siguió pasando y arrastrándonos a sus moldes
preconcebidos de sensatez y compostura. Llegaron más responsabilidades y no
faltaron las penas y los dolores. Penas y dolores que compartimos también, así
fuese para aliviar el alma y descargar las emociones.
Todo eso pasó por mi mente en segundos, mientras intentaba
acomodar tu imagen quebrantada en esa cama de hospital, a la Mary real, vital y
verdadera con la que siempre identifiqué mi afecto y a quien necesitaba de
nuevo en mi futuro.
En esta experiencia que vas a vivir, tendrás la ocasión de
agradecer a un Dios que sentirás más cercano que nunca, por esta oportunidad de
volver a la vida. De volver a la vida en perfecta salud física y mental y una
renovada certeza de tu valor inmenso para toda la familia. En esa comunión de
amor con tu Creador, no olvides decirle que nuestra deuda es inmensa por su
infinita misericordia y que entre todos la asumimos con gratitud y compromiso
por hacer de éste, un mundo mejor.
Por si no lo has adivinado todavía, todo esto era para
decirte que te quiero mucho y desearte una experiencia maravillosa en la
vivencia de Emaús.
Silvia
Bucaramanga, septiembre 5 de 2017

No hay comentarios:
Publicar un comentario