LA
PAZ, AUNQUE DUELA!
Los
psicólogos dicen que para convencer debemos, entre otras cosas: buscar o crear
una necesidad, darle un sentido de urgencia, ofrecer una solución y persistir
en el tema. Esto me lleva a pensar en la tan popular y desgastada palabra
"paz". Nos han creado la necesidad de una paz que no difiere mucho de
lo que hemos vivido desde hace 50 años y que se sintió bastante cerca en el
gobierno del presidente Uribe, aunque la memoria les falle a algunos.
Enseguida, nos crearon el sentido de urgencia porque si no aceptábamos los
acuerdos, íbamos a tener guerra urbana y la guerra era más cara que la
"paz". Adicionalmente nos han ofrecido la solución que son los
nefastos acuerdos de La Habana, pero como ya teníamos instalada la necesidad
emocional de acabar la guerra y vivir en paz, nos hicimos un poco los sordos y
ciegos con tal de que fuera resuelta esa necesidad creada. Y de
persistencia.... ni hablar! cuando decía que la palabra paz era popular era en
su máximo sentido: la tenemos presente al desayuno, almuerzo y cena pero además
antes de dormir, mientras manejamos, en las redes sociales, en conversaciones
de amigos y contradictores, en vallas, publicidad televisada con actores
importantes y en otras formas más.
Ya tenemos entonces completa la faena: una parte del país está convencido de que estamos en guerra y la paz es el premio contenido en los acuerdos de La Habana. No se puede negar que quienes han diseñado todo este proceso, saben lo que están haciendo; saben que manejando las emociones de los colombianos, tan a flor de piel, se lograrán hacer con sus voluntades. Muy exitosa aunque peligrosísima fórmula que ha tenido resultados en anteriores procesos similares conocidos y de los cuales no sabemos bien lo cerca que estamos.
Me llevó a este análisis, la curiosidad que me despierta el hecho de que personas con altos niveles culturales, académicos y/o sociales, sigan creyendo en esta paz ficticia. Que hayan aceptado como positivas unas aberraciones como la JEP, el aumento de cultivos de coca (y el consecuente narcotráfico y la guerra que se deriva de esta actividad), la negativa de liberar los niños reclutados y de entregar la totalidad de las armas; la conservación de los inmensos capitales ilegítimos de la Farc y la imposición de más tributos a un país empobrecido, con una economía que languidece, con el fin de mantener unos angelitos que gastan en dólares en las fiestas de pueblo. Me cuesta trabajo entender que personas como Martín Sombra estén en libertad mientras que tantos servidores de la patria siguen en la cárcel; que haya más de 800 guerrilleros excarcelados y no lleguen a diez los soldados que han podido recuperar su libertad. Que el ejecutivo gobierne por decreto, que sea posible la expropiación de tierras, que el gobierno permita los foros de los líderes guerrilleros aún sin desarmar, en las universidades; que confíen un arma en las manos de un desmovilizado para ser escolta. Podría seguir la lista de concesiones inverosímiles a quienes no han mostrado ni el más mínimo arrepentimiento y por el contrario, amenazan con volver al monte y mantienen vigente su propósito de implantar el comunismo en el país. Y de todo lo anterior, lo que más me sorprende es la conformidad de quienes se han permitido vivir, conscientemente, las técnicas para convencer a alguien de este propósito maquiavélico.
Ya tenemos entonces completa la faena: una parte del país está convencido de que estamos en guerra y la paz es el premio contenido en los acuerdos de La Habana. No se puede negar que quienes han diseñado todo este proceso, saben lo que están haciendo; saben que manejando las emociones de los colombianos, tan a flor de piel, se lograrán hacer con sus voluntades. Muy exitosa aunque peligrosísima fórmula que ha tenido resultados en anteriores procesos similares conocidos y de los cuales no sabemos bien lo cerca que estamos.
Me llevó a este análisis, la curiosidad que me despierta el hecho de que personas con altos niveles culturales, académicos y/o sociales, sigan creyendo en esta paz ficticia. Que hayan aceptado como positivas unas aberraciones como la JEP, el aumento de cultivos de coca (y el consecuente narcotráfico y la guerra que se deriva de esta actividad), la negativa de liberar los niños reclutados y de entregar la totalidad de las armas; la conservación de los inmensos capitales ilegítimos de la Farc y la imposición de más tributos a un país empobrecido, con una economía que languidece, con el fin de mantener unos angelitos que gastan en dólares en las fiestas de pueblo. Me cuesta trabajo entender que personas como Martín Sombra estén en libertad mientras que tantos servidores de la patria siguen en la cárcel; que haya más de 800 guerrilleros excarcelados y no lleguen a diez los soldados que han podido recuperar su libertad. Que el ejecutivo gobierne por decreto, que sea posible la expropiación de tierras, que el gobierno permita los foros de los líderes guerrilleros aún sin desarmar, en las universidades; que confíen un arma en las manos de un desmovilizado para ser escolta. Podría seguir la lista de concesiones inverosímiles a quienes no han mostrado ni el más mínimo arrepentimiento y por el contrario, amenazan con volver al monte y mantienen vigente su propósito de implantar el comunismo en el país. Y de todo lo anterior, lo que más me sorprende es la conformidad de quienes se han permitido vivir, conscientemente, las técnicas para convencer a alguien de este propósito maquiavélico.

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