El primer día del año 1959, llegó Fidel Castro a la Habana en una caravana de tanques de guerra y desfile de milicianos y simpatizantes de la revolución, que recuerdo haber visto con asombro desde algún balcón cercano a la vía dispuesta para la entrada triunfal del nuevo gobernante. Cómo intuir que estábamos dando la bienvenida al fin de la libertad y la soberanía de nuestra patria hermosa dejándola en manos de un tirano a quien solamente la muerte separaría del cargo que asumió horas después. Había en la muchedumbre alegría por las promesas de paz, prosperidad y justicia social así como grandes esperanzas de una vida mejor que la que dejaba la dictadura anterior. Y comenzó la historia.... una historia que mereció un capítulo aparte en la memoria de un país que había conocido la gloria, el progreso, la admiración y la abundancia.
Mi padre tenía una propiedad heredada en Santiago de Cuba, municipio de San Germán, a escasos kilómetros de la finca de Ángel Castro; tenía ganado y cultivos de caña los cuales supervisaba viajando desde La Habana, donde vivíamos, hacia Oriente como piloto de su propio avión. Nosotros pasábamos temporadas allí, algunas veces acompañados de mi abuela paterna que ya vivía en Miami hacía unos pocos años y disfrutábamos de la tranquilidad y la vida de campo de “La Canoa” como se llamaba la hacienda. En Cuba, canoa en lenguaje popular significaba provisión, de manera que decir que estaba buena la canoa, significaba que había abundancia en dinero o en especies en el hogar. Mientras estaba en La Habana, mi padre manejaba un pequeño supermercado que había comenzado a crecer atractivamente cuando se posesionó en la presidencia el hijo de Ángel Castro, nuestro amable vecino.
La vida normal se retomó el 2 de enero de ese año inolvidable y era habitual ver a Fidel en la calle, en la televisión y asistiendo a ceremonias religiosas como cualquier parroquiano de la ciudad. Iniciamos el año escolar una vez más; yo asistía a un colegio de religiosas, del cual recuerdo poco: el nombre y la monja más brava que conocí durante toda mi vida. Fui una estudiante buena, aplicada y tal como hoy día, de pocas pero invaluables amigas. Mis abuelos y tías maternas vivían para complacernos a mi hermano y a mi; el niño Dios llegaba cargado de regalos a las casas de todos ellos y nos pasábamos el día de Navidad y el de Reyes en una feliz jornada de recolección de sorpresas, abrazos y golosinas.
No duró mucho la aparente tranquilidad que se vivía; desde mis 8 años podía percibir una intranquilidad vespertina que era desconocida en mi familia. Se reunían mucho y estaban pendientes de las noticias en el radio y la televisión; hablaban en voz baja y de pronto se alegraban y se abrazaban entre ellos. Mucho después supe que habían comenzado las persecuciones a quienes hablaban mal del régimen o se atrevían a predecir el comunismo como política de estado, que Fidel negaba en cada oportunidad. El retraso en la llegada a casa de mi tío o de mi padre, provocaba una velada de oración por su seguridad y pronto arribo. Recuerdo especialmente el día en que con inocencia y admiración, llegué del colegio a contar a mis padres que unos señores vestidos de verde habían llegado a nuestra clase y nos pidieron que rezáramos a Dios para que nos trajera golosinas. Con alguna reserva hicimos como nos indicaron, recostando la cabeza sobre los brazos cruzados encima del pupitre, los ojos bien cerrados y oramos en voz alta ilusionadas con el milagro. Como era de esperarse, nada apareció; ante nuestro desconsuelo, nos hicieron repetir la oración pero esta vez pidiendo las golosinas a Fidel. Al abrir los ojos y alzar las cabezas, allí estaban los caramelos regados por el piso de todo el salón. La reacción airada de mi padre fue inesperada y protesté convencida de su actitud injusta ante mi entusiasmo con el nuevo proveedor de milagros.
Casi enseguida comenzaron las advertencias aterradoras: “No hables con nadie”, No comentes cosas que hablen tus padres o familiares”, “No puedes visitar amigas cuyos padres no sean amigos de los tuyos”. Así fue como mi vida se redujo a la casa, el colegio y visitas a las primas, tíos y a los abuelos. No recuerdo lo que les voy a contar, sino a través de muy posteriores relatos de mi abuela paterna, que ya vivía en USA. Mi padre empezó a sospechar que lo que venía para el país era un régimen socialista. Pocos amigos y ningún familiar estaban de acuerdo con ello. De manera que cuando decidió que abandonáramos la isla, a mediados del año 60, la familia de mi madre se ofendió y rechazó con insistencia y dolor su propósito de partir con los únicos nietos y sobrinos que para ese momento éramos el centro de la vida familiar. “No va a pasar nada, Fidel solo quiere reivindicar los derechos del campesino, del pobre y desamparado” le repetían con frecuencia. Algunas voces en el gobierno se alzaban en contra de los propósitos castristas, sin lograr acogida en la gente ilusionada con los vientos nuevos de paz. Nada hizo desistir a mi papá; así que un día cualquiera, portando en dos maletas medianas lo mejor de nuestras pertenencias, nos presentamos a la embajada americana con la intención de lograr asilo y salir de Cuba de inmediato.
He contado en otros escritos lo que sucedió después de esa ruptura. Luego de una noche en la embajada, fuimos conducidos al aeropuerto de Rancho Boyeros y a un avión de PanAmerican Airways que nos alejaría para siempre de nuestra patria, nuestra familia y nuestras costumbres. Mis abuelos quedaron deshechos, mis tíos desconsolados; partieron mis padres con el corazón devastado y los sentimientos frágiles pero con la certeza de haber hecho lo correcto. Mi hermano y yo vivimos el episodio con la emoción de una aventura extraña, pero con inmensa angustia por la tristeza de ese momento trascendental. Hoy, tal como en muchas otras fechas y aniversarios, doy gracias a Dios por la visión de mi padre y admiro su coraje al asumir la compleja decisión de abandonar su patria. Decisión que probó muchas veces ser acertada, oportuna y feliz.

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