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domingo, 26 de octubre de 2025

Cuando te ibas de Cuba

 Te ibas de Cuba y con cada paso dejabas atrás más que tu tierra. Dejabas tu hogar, tus recuerdos y hasta lo que era tuyo por derecho.

Querías libertad. Un futuro. Pero el régimen ponía precio a tu partida: entregar cada mueble, cada olla, cada pedazo de tu vida. Nada podía faltar. Una simple cuchara ausente bastaba para negarte la salida.
Después venía la revisión. Minuciosa. Humillante. Buscaban cualquier pretexto para retenerte. Si pasabas la inspección, sellaban tu puerta. Ese sello no solo clausuraba tu casa, también cerraba un capítulo de tu historia. Romperlo significaba perderlo todo, incluso la oportunidad de marcharte.
Y tu hogar, el que construiste con esfuerzo y amor, era entregado a otro. Sin explicaciones. Sin importar los recuerdos grabados en cada pared. Como si tu existencia pudiera ser borrada con un gesto.
Conocí personas a las que no solo les quitaron sus casas, sino también lo más íntimo: su anillo de matrimonio. Oro que simbolizaba amor y compromiso, arrebatado sin piedad. Para Fidel Castro, ese oro era más valioso en sus manos que en las de los “gusanos” que se atrevían a marcharse.
Hoy, en ambas orillas, hay quienes prefieren que estas historias se olviden. Quieren pasar página, hacer negocios y sacar provecho. Para ellos, la memoria es un obstáculo. Mientras negocian con quienes robaron y destruyeron, ignoran el dolor de los que lo perdieron todo.
Lo más irónico es que aquellos que ayer expropiaron, despojaron y humillaron, hoy piden ayuda. Quienes arrebataron cada anillo, cada mueble, cada pedazo de dignidad, ahora claman por donaciones. Su fracaso es evidente, pero su desvergüenza, aún más.
¿Puedes imaginarlo?
Para muchos cubanos, no fue una historia ajena. Fue su realidad. Y aún duele.

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