Puede uno identificar el peor día de su vida con certeza? porque así como buenos, regulares y maravillosos, los malos también han sido muchos y por razones muy diferentes. Yo no podría elegir el mejor día porque rivalizaría injustamente con otros muchos pero sí puedo determinar con exactitud cuál ha sido el más duro, el más desolador, el más cruel y aquel que a nadie desearía vivir. Y ese día cumple precisamente hoy, cuarenta años.
El 1975 nació Silvia Lucía, nuestra primera niña, luego de disfrutar en solitario a su hermano nacido cuatro años atrás. Ferviente y amorosamente deseada y esperada, llegó para renovar las risas y las alegrías en la familia, características muy de ella junto a su chispa y facilidad para hacer amiguitos y armar reuniones, piyamadas, paseos, ventas callejeras y demás. Cuatro años después, El Señor nos regaló otra niña que pensamos sería la compañía ideal para Silvia Lucía y ella tendría una hermana mayor que la orientaría y acompañaría a lo largo de su crecimiento.
Bibiana se tomó muy en serio ese papel y con su hermana vivieron una sociedad equilibrada, hermosa y enriquecedora para las dos.
La vida parecía perfecta cuando se anunció nuestro cuarto bebé y tomamos la decisión de trasladar nuestra vivienda a esta ciudad donde vivían mis padres, unos abuelos maravillosos que añoraban a sus únicos nietos y a su vez, los niños a ellos.
Con inmensa ilusión nos hicimos santandereanos al pisar tierra santandereana tal como reza el lema regional y vivimos ocho meses de perfecta felicidad.
Un dolor de garganta, luego una fiebre, otra y otra y un diagnóstico y tratamiento: extirpación de amígdalas, una sencilla y breve intervención quirúrgica que se llevaría a cabo para no exponer a Silvia Lucía a enfermedades posteriores que podrían ocasionarse por la infección recurrente en las amígdalas. Finalmente se llevó a cabo el 10 de septiembre y quiso el destino que se cometiera un gravísimo error humano en la cirugía que dejó a nuestra hija con un daño irreversible en su tallo cerebral, desconectada de la vida durante una semana y finalmente la separó de nosotros para siempre el día 15 cuando se celebraba la fiesta del amor y la amistad en el país.
Con mucha dificultad, la mano de Dios en la tuya, la ilusión y responsabilidad de los tres hijos sobrevivientes y el tiempo suficiente se recuperan las ganas de vivir, las ilusiones, la fe, la cordura; se perdona y uno deja de preguntarse con amargura ¿por qué ella, por qué no tuvo derecho a vivir?, si yo hubiera impedido la cirugía, si hubiera buscado otra opinión, hubiera podido impedir su muerte? sí será cierta la existencia de un Dios que golpea de esa manera a sus hijos buenos? ¿Por qué hemos tenido que sufrir tanto dolor y pérdidas tan importantes? ¿Qué hemos hecho tan mal para merecerlo?
Nunca se olvida, nunca se supera del todo tamaño dolor porque siempre su presencia está al asecho, al imaginarnos cómo sería, en qué trabajaría, si ya tuviera esposo e hijos, cuántas satisfacciones nos hubiera brindado; en las reuniones familiares y festividades significativas está en nuestra memoria pero sabemos ya que su corta vida tenía un propósito para todos nosotros, que se cumplió en el plan divino y que ha sido y es hoy tanto o más feliz de lo que fue en su despreocupada y hermosa niñez. Pero lo más importante que hemos aprendido y esperamos con fe absoluta, es ese día en el que nos reuniremos de nuevo y todo este espacio desierto, vacío de su presencia, lo recuperaremos todos juntos y felices hasta la eternidad.

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