En esta carrera desenfrenada que lleva el Foro de Sao Paulo en busca de
que medio hemisferio asuma la doctrina marxista como sistema económico y de
gobierno, debo concederles mi admiración por su maestría en el manejo de la
información y el uso de las palabras como método de moldear el pensamiento y
por ende, la conducta humana.
Todos hemos comentado últimamente sobre la inversión de valores que
estamos viviendo y el lenguaje que emplean los jóvenes cuando se comunican entre ellos. Yo me atrevo hoy a
pensar que ese fue el primer paso para derribar las barreras que un lenguaje
respetuoso pudiese imprimir a los impulsos de quienes estaban llamados a la
insubordinación contra lo establecido. A la par de todo esto, hacían llegar sus
tentáculos de mano izquierda a los colegios y universidades, luego de haber
hecho la tarea en el órgano rector de todos ellos: FECODE. Sin duda, una
excelente planeación y ejecución de los procesos convenidos y suficientemente
probados pero lamentablemente fracasados en el mundo entero.
Cuando algo se vuelve frecuente o continuo, el ser humano crea un
hábito; bien sea de un comportamiento propio o de algún estímulo externo que le
era desconocido y ahora se repite sistemáticamente. Así fuimos habituándonos al
proceso de La Habana que nos dieron por partes, comenzando con las palabras
generadoras de ilusiones como la paz. En diferentes entornos, las palabras iban
respondiendo a las necesidades de la comunidad. Por ejemplo, en las veredas y
municipios rurales, las palabras mágicas positivas eran además de paz,
“recursos del gobierno, educación, salud, empleo, facilidades de crédito, casa
propia”. En el sector educativo la tarea se abordó por la vena de romanticismo
que tiene la teoría socialista: altruismo, equidad, derechos y a la vez, en ambas
esferas se sembraron semillas de odio de clases: oligarquía versus proletariado, trabajar para
que los ricos sean más ricos, el estado protege a los que más tienen, luchemos
por nuestros derechos.
La misión se cumplió a cabalidad: hoy día gran parte de los colombianos
repiten casi maquinalmente lo que la propaganda de izquierda ha querido que
piensen, crean y digan sin sospechar siquiera que están cavando su propia tumba.

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