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sábado, 14 de diciembre de 2019

Todo comienza con una palabra



En esta carrera desenfrenada que lleva el Foro de Sao Paulo en busca de que medio hemisferio asuma la doctrina marxista como sistema económico y de gobierno, debo concederles mi admiración por su maestría en el manejo de la información y el uso de las palabras como método de moldear el pensamiento y por ende, la conducta humana.

Todos hemos comentado últimamente sobre la inversión de valores que estamos viviendo y el lenguaje que emplean los jóvenes cuando se  comunican entre ellos. Yo me atrevo hoy a pensar que ese fue el primer paso para derribar las barreras que un lenguaje respetuoso pudiese imprimir a los impulsos de quienes estaban llamados a la insubordinación contra lo establecido. A la par de todo esto, hacían llegar sus tentáculos de mano izquierda a los colegios y universidades, luego de haber hecho la tarea en el órgano rector de todos ellos: FECODE. Sin duda, una excelente planeación y ejecución de los procesos convenidos y suficientemente probados pero lamentablemente fracasados en el mundo entero. 

Cuando algo se vuelve frecuente o continuo, el ser humano crea un hábito; bien sea de un comportamiento propio o de algún estímulo externo que le era desconocido y ahora se repite sistemáticamente. Así fuimos habituándonos al proceso de La Habana que nos dieron por partes, comenzando con las palabras generadoras de ilusiones como la paz. En diferentes entornos, las palabras iban respondiendo a las necesidades de la comunidad. Por ejemplo, en las veredas y municipios rurales, las palabras mágicas positivas eran además de paz, “recursos del gobierno, educación, salud, empleo, facilidades de crédito, casa propia”. En el sector educativo la tarea se abordó por la vena de romanticismo que tiene la teoría socialista: altruismo, equidad, derechos y a la vez, en ambas esferas se sembraron semillas de odio de clases:  oligarquía versus proletariado, trabajar para que los ricos sean más ricos, el estado protege a los que más tienen, luchemos por nuestros derechos.
La misión se cumplió a cabalidad: hoy día gran parte de los colombianos repiten casi maquinalmente lo que la propaganda de izquierda ha querido que piensen, crean y digan sin sospechar siquiera que están cavando su propia tumba.


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