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sábado, 14 de diciembre de 2019

Hoy hace 23 años perdí a mi madre


 Hoy hace 23 años perdí a mi madre. Dios y yo sabemos cuánto la extraño, cuánta falta ha hecho en mi vida y cuánto hubiese deseado que conociera y disfrutara mis triunfos y acompañara mis derrotas. Qué bella y joven bisabuela hubiese sido para mis nietos y qué testimonio de amor y entereza representaría para todos. Su partida prematura no pudo borrar su imagen de mejor mamá, mejor esposa, mejor abuela y mejor amiga; no pudo disipar el sentimiento enorme que me inspiró su fortaleza y por contradictorio que parezca, su sumisión a los eventos que la vida le presentó sin consideraciones.
Mi madre fue hija única; con padres consentidores y tías malcriadoras como fueron malcriadas ellas a su vez. Muy joven al estilo de la época, tomó la decisión de casarse con su único amor y amigo de niñez. Para entonces mis abuelos estaban separados y era tanto el apego de mi madre con la suya, que mi papá la complació en su deseo de llevarla en su viaje de luna de miel por la costa este de los EEUU. Muy pronto nací yo, 14 meses después de una linda boda y la familia entera se volcó en mí, única bebé de las dos familias. Sobra decir que las manifestaciones de amor aparentemente excesivo eran frecuentes y llenaban de felicidad el entorno familiar que parecía no tener por qué terminarse tan abruptamente como luego sucedió.
En medio de ese mundo ideal y un año después, nació mi único hermano, atraído tal vez por las atenciones que, duplicadas ahora, nos siguió brindando la familia entera. Recuerdo mi niñez con una sonrisa en la cara; no puedo evitarla porque la impronta aún después de tantos años, es de placer, serenidad, despreocupación y sobretodo, de saberme amada en todas las formas del sentimiento.
No duró mucho ese paraíso, dándonos la primera lección de lo efímero de la felicidad completa. Un lejano día de octubre, luego de leer entre líneas el futuro que Fidel Castro tenía destinado para nuestra patria, mi padre tomó la dura decisión de abandonar no solamente su país, no solamente sus pertenencias: tomó la decisión de abandonar una vida hecha y enfrentar las protestas y el dolor inmenso de la familia para concebir para nosotros un futuro libre y digno, que no he terminado aún de valorar y agradecer en lo que significó luego para mi vida. Separarse de padres, primos, tíos, amigos de siempre; dejar atrás aquello que proveía holgadamente los medios de nuestra subsistencia; abandonar el hogar, la finca heredada que constituía junto con la aviación, los carros y los caballos su afición de entonces, sin duda fueron valerosas propuestas de juventud y visión política precoz. Pero romper los vínculos materiales y emocionales que nos unían a todo lo anterior fue una amorosa osadía de papá y mamá y tuvieron que pasar muchos años, demasiados tal vez, para que yo pudiera entender la dimensión de lo que esa decisión significaría para ellos.
Dimensión que se creció infinitamente en las sucesivas adaptaciones que tuvieron que hacer para enfrentar una vida nueva, mucho menos amable que la anterior, plena de incertidumbre y de dolor por lo perdido. Una vida que se fracturó en mil pedazos pero que con amor, paciencia, actitud, unión familiar y el soporte incondicional de buenos amigos, se pudo reconstruir para integrarse con la cultura del país que nos acogió con cariño y oportunidades y nos ofreció un futuro amplio para que hiciéramos de él lo que estaba en nuestros deseos edificar. Un futuro que pensamos sería para siempre y nos permitiría trocar la incierta condición de exiliados en la de dignos ciudadanos de nuestra patria nueva.
Siempre recuerdo aquel día que mi padre regresó de su viaje a Colombia, donde tenía una oferta de trabajo y nos contaba con el entusiasmo de quien encuentra un tesoro, la belleza indescriptible de la sabana de Bogotá, la sorprendente y extensa fertilidad de los llanos y la oportunidad apetecida de consolidar sus aspiraciones en un país latino, donde las familias conservaran las costumbres que habíamos aprendido en nuestra propia tierra. No supe leer entonces en los ojos de mi madre, lo que significaba para ella ampliar la distancia con sus raíces y volver a empezar una vez más; pero sí lo recuerdo e interpreto hoy en su mirada perdida y su dolor disimulado mientras intentaba asimilar el entusiasmo de mi padre en la aventura familiar que proponía.
Hoy, cuando se cumplen 23 años de la muerte de mi madre, siento con pesar inmenso no haber contado con el tiempo suficiente para atenuar con mi cariño las heridas que tuvo que sufrir en la soledad y el silencio de sus aprendizajes de vida forastera. Aquella niña cuya infancia y juventud transcurrieron apaciblemente, se enfrentó con valor a un mundo distinto y retador por amor a su marido y por la decisión de brindar a sus hijos una vida mejor que la que se fraguaba entonces en su isla natal. Un clima difícil, unos riesgos insospechados, quebrantos de salud desconocidos hasta entonces y condiciones muy básicas de vida no fueron óbice para interrumpir su propósito y doblegar su voluntad. Paso a paso, día a día fue derrotando todo aquello que pretendió superarla y con el apoyo incondicional de mi papá, reconstruyó su hogar y su vida, haciendo que la mía se mantuviese alejada de las carencias, penurias y temores que ella misma tuvo que vivir.
Cuántas veces se arrepintió de aquella decisión tomada y cuántas veces se felicitó por ella, nunca lo sabré porque se llevó para siempre todas las respuestas a tantas preguntas que tarde me he planteado. Sólo sé que me dolerá por siempre su partida así como por siempre agradeceré su inmenso sacrificio por mi felicidad y su ejemplo impecable de mujer, de madre, amiga y abuela. Sentí siempre mi deber hacer de mi vida aquello que deseó para mí y con sus propias renuncias me ayudó a construir; espero haber estado a la altura de sus deseos y sobre todo, de sus realizaciones.
Sigue descansando en paz, queridísima tocaya mía.

Diciembre 10/2018

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