Hoy
hace 23 años perdí a mi madre. Dios y yo sabemos cuánto la extraño, cuánta
falta ha hecho en mi vida y cuánto hubiese deseado que conociera y disfrutara
mis triunfos y acompañara mis derrotas. Qué bella y joven bisabuela hubiese
sido para mis nietos y qué testimonio de amor y entereza representaría para
todos. Su partida prematura no pudo borrar su imagen de mejor mamá, mejor
esposa, mejor abuela y mejor amiga; no pudo disipar el sentimiento enorme que
me inspiró su fortaleza y por contradictorio que parezca, su sumisión a los
eventos que la vida le presentó sin consideraciones.
Mi madre fue hija única; con
padres consentidores y tías malcriadoras como fueron malcriadas ellas a su vez.
Muy joven al estilo de la época, tomó la decisión de casarse con su único amor y
amigo de niñez. Para entonces mis abuelos estaban separados y era tanto el
apego de mi madre con la suya, que mi papá la complació en su deseo de llevarla
en su viaje de luna de miel por la costa este de los EEUU. Muy pronto nací yo,
14 meses después de una linda boda y la familia entera se volcó en mí, única
bebé de las dos familias. Sobra decir que las manifestaciones de amor
aparentemente excesivo eran frecuentes y llenaban de felicidad el entorno
familiar que parecía no tener por qué terminarse tan abruptamente como luego
sucedió.
En medio de ese mundo ideal y
un año después, nació mi único hermano, atraído tal vez por las atenciones que,
duplicadas ahora, nos siguió brindando la familia entera. Recuerdo mi niñez con
una sonrisa en la cara; no puedo evitarla porque la impronta aún después de
tantos años, es de placer, serenidad, despreocupación y sobretodo, de saberme
amada en todas las formas del sentimiento.
No duró mucho ese paraíso,
dándonos la primera lección de lo efímero de la felicidad completa. Un lejano
día de octubre, luego de leer entre líneas el futuro que Fidel Castro tenía
destinado para nuestra patria, mi padre tomó la dura decisión de abandonar no
solamente su país, no solamente sus pertenencias: tomó la decisión de abandonar
una vida hecha y enfrentar las protestas y el dolor inmenso de la familia para
concebir para nosotros un futuro libre y digno, que no he terminado aún de
valorar y agradecer en lo que significó luego para mi vida. Separarse de
padres, primos, tíos, amigos de siempre; dejar atrás aquello que proveía
holgadamente los medios de nuestra subsistencia; abandonar el hogar, la finca
heredada que constituía junto con la aviación, los carros y los caballos su
afición de entonces, sin duda fueron valerosas propuestas de juventud y visión
política precoz. Pero romper los vínculos materiales y emocionales que nos
unían a todo lo anterior fue una amorosa osadía de papá y mamá y tuvieron que
pasar muchos años, demasiados tal vez, para que yo pudiera entender la
dimensión de lo que esa decisión significaría para ellos.
Dimensión que se creció
infinitamente en las sucesivas adaptaciones que tuvieron que hacer para
enfrentar una vida nueva, mucho menos amable que la anterior, plena de
incertidumbre y de dolor por lo perdido. Una vida que se fracturó en mil
pedazos pero que con amor, paciencia, actitud, unión familiar y el soporte
incondicional de buenos amigos, se pudo reconstruir para integrarse con la
cultura del país que nos acogió con cariño y oportunidades y nos ofreció un
futuro amplio para que hiciéramos de él lo que estaba en nuestros deseos edificar. Un futuro que pensamos sería para siempre y nos permitiría trocar la
incierta condición de exiliados en la de dignos ciudadanos de nuestra patria
nueva.
Siempre recuerdo aquel día que
mi padre regresó de su viaje a Colombia, donde tenía una oferta de trabajo y
nos contaba con el entusiasmo de quien encuentra un tesoro, la belleza
indescriptible de la sabana de Bogotá, la sorprendente y extensa fertilidad de
los llanos y la oportunidad apetecida de consolidar sus aspiraciones en un país
latino, donde las familias conservaran las costumbres que habíamos aprendido en
nuestra propia tierra. No supe leer entonces en los ojos de mi madre, lo que
significaba para ella ampliar la distancia con sus raíces y volver a empezar
una vez más; pero sí lo recuerdo e interpreto hoy en su mirada perdida y su
dolor disimulado mientras intentaba asimilar el entusiasmo de mi padre en la
aventura familiar que proponía.
Hoy, cuando se cumplen 23 años
de la muerte de mi madre, siento con pesar inmenso no haber contado con el
tiempo suficiente para atenuar con mi cariño las heridas que tuvo que sufrir en
la soledad y el silencio de sus aprendizajes de vida forastera. Aquella niña
cuya infancia y juventud transcurrieron apaciblemente, se enfrentó con valor a
un mundo distinto y retador por amor a su marido y por la decisión de brindar a
sus hijos una vida mejor que la que se fraguaba entonces en su isla natal. Un
clima difícil, unos riesgos insospechados, quebrantos de salud desconocidos
hasta entonces y condiciones muy básicas de vida no fueron óbice para
interrumpir su propósito y doblegar su voluntad. Paso a paso, día a día fue
derrotando todo aquello que pretendió superarla y con el apoyo incondicional de
mi papá, reconstruyó su hogar y su vida, haciendo que la mía se mantuviese
alejada de las carencias, penurias y temores que ella misma tuvo que vivir.
Cuántas veces se arrepintió de
aquella decisión tomada y cuántas veces se felicitó por ella, nunca lo sabré
porque se llevó para siempre todas las respuestas a tantas preguntas que tarde
me he planteado. Sólo sé que me dolerá por siempre su partida así como por
siempre agradeceré su inmenso sacrificio por mi felicidad y su ejemplo
impecable de mujer, de madre, amiga y abuela. Sentí siempre mi deber hacer de
mi vida aquello que deseó para mí y con sus propias renuncias me ayudó a
construir; espero haber estado a la altura de sus deseos y sobre todo, de sus
realizaciones.
Sigue
descansando en paz, queridísima tocaya mía.
Diciembre
10/2018

No hay comentarios:
Publicar un comentario