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jueves, 24 de enero de 2019

Quiero ser un pájaro


Es alucinante como se repiten una y otra vez los ciclos de la vida. De adultos y mayores, vemos repetirse nuestras actitudes y comportamientos juveniles en la vida de nuestros hijos. Seguramente con la misma impotencia con que nuestros padres veían nuestras tendencias y ninguna retahíla era capaz de hacernos cambiar de manera de pensar. Hay que recordar que uno entre los 20 y los 40 se las sabe todas, el mundo está a su disposición y todo lo que no se alinee con lo que uno piensa, es cantaleta de papás. Por fortuna también van creciendo, y se van haciendo mayores, reconocerán en sus hijos sus antiguas prácticas y así va avanzando el curso generacional.

Siempre he querido poder vivir la vida al revés: nacer ancianos y morir bebés. No aprenderíamos nada, no creceríamos espiritualmente, no nos haríamos mejores, pero para qué? Seríamos felices porque tomaríamos buenas decisiones, evitaríamos riesgos innecesarios, apreciaríamos lo verdaderamente valioso, no necesitaríamos consejos, cuidaríamos mejor lo que vale la pena conservar, no sufriríamos de arrepentimiento ni nos dolería la conciencia....  pero es claro que tocó vivirla como nos la diseñó quien todo lo sabe y seguiremos sintiendo la impotencia de no poder cambiar algo que vivimos mal.

Si venimos de nuevo al planeta, creo que voy a elegir encarnar en un pájaro grande. Con libertad para volar, conocer el mundo desde otra dimensión, no temer a la escasez, la carencia, la enfermedad. Vivir el día y gozar de su generosidad. Apreciar la exuberancia de lo natural y el prodigio del universo. Vivir y manifestar los instintos naturalmente y partir con facilidad de donde no se desea permanecer. Poder volar sin rumbo y asombrarse de lo desconocido. Alimentarse de la naturaleza y no del ego, desprendida de la vanidad y el oropel. Poder cantar sin restricciones sociales ni criterios de afinación y tonos. Y finalmente, cuando llega la noche, activar los mecanismos naturales de sueño y temperatura y sin necesidad de abrigo ni previsiones, entregarse al descanso liberador y amanecer maravillada con la disputa ajena del sol y las estrellas por el control del firmamento.

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