¡Bueno Colombia, elegiste! Aunque los resultados no me
terminan de convencer y los atribuyo a algún intruso código informático,
entiendo que estaban dadas las condiciones para que llegara al país el “cambio”
tan anhelado por ciertas mayorías que votaron por un diseño falaz de futuro
igualitario y soluciones mágicas de un estado protector y de recursos
inagotables. Ya tenemos presidente y les voy a hacer un cuento de la
trayectoria recorrida por el sistema que asume el poder el 7 de agosto próximo.
La pobreza no es nueva y las desigualdades tampoco lo son. Es más, nunca
dejarán de existir porque forman parte de las mismas diferencias congénitas o
adquiridas del ser humano. Creer que un gobierno podría homogeneizar la
población de un país es tan ingenuo como apostarle a un coeficiente intelectual
superior para todos los humanos. ¿Pero por qué hemos llegado a pensar que sí es
posible? Para empezar, se necesita generar conciencia de un problema; luego
buscar algún culpable para finalmente, erigirse como la única solución y
conseguir el entusiasmo y la adhesión de unos ingenuos ciudadanos. Esto lleva
tiempo, pero si algo se puede destacar de las izquierdas es su paciencia y la
capacidad convincente de su discurso populista.
Hace 30 años no se percibía tanta insatisfacción en la pobreza. La gente tenía
dos opciones: aceptarla y congeniar con ella, o buscar maneras para progresar
que eran entonces más factibles y en cierto modo, alcanzables. Porque veía la
vida apacible y feliz que vivían campesinos y otras comunidades pobres, en
armonía con su sabiduría primaria y sus costumbres, muchas veces me cuestioné
si era mejor ignorar que conocer sobre temas como la inmoralidad de la
política, el cambio climático, las pandemias, los peligros del glifosato, la
sobrepoblación, la inminencia de la globalización y otros tópicos que causan
desasosiego y nos impiden vivir hoy, el aquí y el ahora privándonos del
descanso del sueño y agregándonos angustias y preocupaciones. Lo digo con
autoridad porque siempre viví cerca del campesino y del obrero y por mi
vocación primero y mi profesión después, me interesé siempre en el ser humano
detrás de los estereotipos y las categorizaciones.
Y entonces llegó el discurso aquel, con el libreto del Foro de Sao Paulo y un
objetivo político claro y comenzó a construirse sobre la desigualdad evidente y
en mucha parte generada por la corrupción imperante en el país. Pronto se generó
conciencia sobre ello haciendo que el campesino se concientizara del abandono
del gobierno y se compadeciera de sus necesidades y que el obrero se sintiera
explotado por su patrón y convencido de estar logrando la riqueza ajena a costa
de su gran esfuerzo y sacrificios. Atrás quedaba la vida apacible, de pronto
resignada, pero en armonía con sus propias capacidades. Ahora se convertían en
víctimas, en mártires que no merecían su suerte gracias a la elocuente
narrativa de los que se erigían como sus únicos redentores.
Ya con la insatisfacción exacerbada y la visión de una vida mejor, más fácil y
merecida, lograron establecer el odio de clases y el resentimiento: dos
ingredientes esenciales para lograr el triunfo que registraron hoy.
No veo cómo se armoniza una vida de insurrección criminal con un ejercicio del
poder compasivo y humanitario. No vi en las guerrillas colombianas una
filosofía benefactora sino una lucha de poder erigida sobre la miseria de
algunos, la drogadicción de la juventud y la acumulación de riquezas para
convertirlas luego en el medio de alcanzar sus objetivos. Objetivos que no
conducen a mejorar la vida de nadie diferente a ellos mismos y financiar su
obra expansiva por todo el continente.
Como ya lo hecho, hecho está, no vale la rebelión que conduce a más sufrimiento
y solo nos queda honrar lo que nos queda de democracia, aceptando la elección
popular y buscando acomodarse lo mejor que se pueda al nuevo escenario y a los
cambios que elegimos. Ya no hay un Chapulín Colorado que nos defienda y
recuerden que entre los planes del nuevo gobierno está la desaparición del ESMAD.

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