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sábado, 26 de agosto de 2017

Mis "Bodas de Amatista"


 

Sin entender a qué hora transcurrió tanto tiempo y vivimos tantos acontecimientos, hoy 8 de Agosto celebramos 47 años de haber dicho el sí definitivo ante un sacerdote y ante un notario, como era mandatorio en esa época. Un “Sí, para toda la vida” que no mereció mucha credibilidad ante quienes consideraban prematura e irresponsable nuestra decisión. Con un semestre universitario como único patrimonio académico, emprendí el camino nuevo de aprender a ser esposa, nuera, cuñada y casi enseguida, mamá. Aprendizaje que no lo facilitó la convivencia con mi familia política, que acababa de conocer y la llegada a una sociedad cerrada y conservadora, nueva para mí.

Con la responsabilidad que le debía a mi propia y obstinada decisión de contraer matrimonio a mis 18 años, emprendí la tarea que se veía recompensada por una inexplorada y excitante sensación de libertad que no había vivido y el amor, apoyo y compañía que me brindó mi recién estrenado y muy adorado esposo.

Cuánto aprendí y cuán gratas eran las lecciones de vida que recién comenzaba a apreciar. De pocas amigas, como he sido siempre, congenié y compartí con contadas personas con quienes perdí contacto una vez nos trasladamos de ciudad, dos años después del día de aquel irresponsable sí. Solamente un afecto que surgió por la afinidad y la comprensión se mantuvo y creció con los años hasta el punto de ser ella la hermana que no tuve y una cuñada excepcional, de quien he recibido solamente afecto, bondad, soporte y acompañamiento.

Pasaron los años rápidamente; de Santa Marta nos trasladamos a Valledupar, donde viví tal vez los mejores años de mi vida nómada. La finca estaba cerca y podíamos compartir mucho más tiempo mi esposo y yo y los dos hijos que llegaron por esos tiempos. La vida en Valledupar era tranquila; no era fácil decidir si  los días calurosos eran efecto del sentir vallenato, de la energía de su música bonita o del calor humano y la hospitalidad proverbial de la región. 

Sin querer, resulté viviendo en Barranquilla donde nació nuestro tercer hijo, conocí la soledad  y tuve la oportunidad de comenzar y terminar una carrera universitaria. La consecuente sobre-actividad de ser esposa, madre, muchas veces padre, ama de casa y estudiante hizo que los años transcurrieran rápidamente y de nuevo nos sometimos a un traslado que aprecié y agradecí mucho a mi esposo, pues se trataba de estar cerca de mis padres y hermano que tenían verdadera devoción por sus únicos nietos y sobrinos y eran mi única familia de sangre en el país.

Bucaramanga fue por fin mi último asentamiento (eso espero sinceramente) y en ella encontré una patria chica que pudo suplir en mucho a la mía propia y dar por terminada la búsqueda de estabilidad. Aquí llegó al hogar nuestro cuarto hijo y meses después vivimos el más doloroso episodio que pueda un padre imaginar: la absurda pérdida de una hija muy deseada y disfrutada en cada uno de sus 9 años de vida.

El amor y el gozo no permiten tanto crecimiento ni tanta madurez como el dolor y la incertidumbre. Nos llegó la hora de un nuevo aprendizaje, que para mí era refrendar, aunque en un grado superlativo, el vivido durante la pérdida de mi primer hogar familiar y territorial.

Durante todo este recorrido, fuimos una pareja que sin compartir muchas afinidades y permaneciendo mucho tiempo alejados físicamente por la atención que requería el negocio familiar, crecimos y maduramos juntos y eso hizo fácil la convivencia y amable el tiempo compartido. El reencuentro no era momento para distribuir responsabilidades ni repasar rutinas o sentimientos negativos. Sufrimos y disfrutamos juntos de la experiencia de ser padres y abuelos; de mis distintos roles como madre, hija y esposa dedicada y más tarde como trabajadora y empresaria llena de requisitos y nuevos compromisos. Mi esposo ha permanecido a mi lado, permitiéndome ser y crecer a mi capricho y seguramente haciendo ajustes de adaptación a cada nuevo rol y lo que ello conlleva en novedad y evoluciones. El camino ha sido largo y muchas veces difícil e incierto; lo hemos vivido en paralelo si se trataba de permitirnos ser y desarrollarnos y en estrecha unión cuando se ha tratado de apoyarnos, luchar y enfrentar tantas responsabilidades, alegrías, angustias y sufrimiento.

El balance que hoy he querido elaborar para conmemorar 47 años de vida en común, ha sido positivo; nunca me arrepentí lo suficiente de aquel sí irresponsable. Nunca fue tanta la decepción como para separarme del destino elegido y aunque hubo buenos, regulares y malos momentos, la decisión tomada una vez la refrendaría si fuera necesario. Y me gustaría volver a empezar.... me encantaría revivir lo vivido y sólo cambiaría mi proceder y mi manejo en algunas circunstancias que me sorprendieron sin haber crecido lo suficiente.

A Dios agradezco la misión encomendada y el soporte amoroso para vivirla y completarla. A mi esposo su amor sin condiciones, su comprensión y compañía. A mis hijos su aporte inmensurable a la consolidación y  disfrute familiar. A mis nietos su carga de juventud y alegría refrescantes luego del largo trayecto recorrido. Es gratificante sentirse en el lugar adecuado y con las personas adecuadas. Celebro entonces hoy estas bodas de amatista con gratitud en el alma y mucho amor en el corazón.

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