Sin entender a qué hora transcurrió tanto tiempo y
vivimos tantos acontecimientos, hoy 8 de Agosto celebramos 47 años de haber
dicho el sí definitivo ante un sacerdote y ante un notario, como era mandatorio
en esa época. Un “Sí, para toda la vida” que no mereció mucha credibilidad ante
quienes consideraban prematura e irresponsable nuestra decisión. Con un
semestre universitario como único patrimonio académico, emprendí el camino
nuevo de aprender a ser esposa, nuera, cuñada y casi enseguida, mamá.
Aprendizaje que no lo facilitó la convivencia con mi familia política, que
acababa de conocer y la llegada a una sociedad cerrada y conservadora, nueva
para mí.
Con la responsabilidad que le debía a mi propia y obstinada
decisión de contraer matrimonio a mis 18 años, emprendí la tarea que se veía
recompensada por una inexplorada y excitante sensación de libertad que no había
vivido y el amor, apoyo y compañía que me brindó mi recién estrenado y muy
adorado esposo.
Cuánto aprendí y cuán gratas eran las lecciones de vida que
recién comenzaba a apreciar. De pocas amigas, como he sido siempre, congenié y
compartí con contadas personas con quienes perdí contacto una vez nos
trasladamos de ciudad, dos años después del día de aquel irresponsable sí.
Solamente un afecto que surgió por la afinidad y la comprensión se mantuvo y
creció con los años hasta el punto de ser ella la hermana que no tuve y una
cuñada excepcional, de quien he recibido solamente afecto, bondad, soporte y
acompañamiento.
Pasaron los años rápidamente; de Santa Marta nos trasladamos
a Valledupar, donde viví tal vez los mejores años de mi vida nómada. La finca
estaba cerca y podíamos compartir mucho más tiempo mi esposo y yo y los dos
hijos que llegaron por esos tiempos. La vida en Valledupar era tranquila; no
era fácil decidir si los días calurosos
eran efecto del sentir vallenato, de la energía de su música bonita o del calor
humano y la hospitalidad proverbial de la región.
Sin querer, resulté viviendo en Barranquilla donde nació
nuestro tercer hijo, conocí la soledad y
tuve la oportunidad de comenzar y terminar una carrera universitaria. La
consecuente sobre-actividad de ser esposa, madre, muchas veces padre, ama de
casa y estudiante hizo que los años transcurrieran rápidamente y de nuevo nos
sometimos a un traslado que aprecié y agradecí mucho a mi esposo, pues se
trataba de estar cerca de mis padres y hermano que tenían verdadera devoción
por sus únicos nietos y sobrinos y eran mi única familia de sangre en el país.
Bucaramanga fue por fin mi último asentamiento (eso espero
sinceramente) y en ella encontré una patria chica que pudo suplir en mucho a la
mía propia y dar por terminada la búsqueda de estabilidad. Aquí llegó al hogar
nuestro cuarto hijo y meses después vivimos el más doloroso episodio que pueda
un padre imaginar: la absurda pérdida de una hija muy deseada y disfrutada en
cada uno de sus 9 años de vida.
El amor y el gozo no permiten tanto crecimiento ni tanta
madurez como el dolor y la incertidumbre. Nos llegó la hora de un nuevo
aprendizaje, que para mí era refrendar, aunque en un grado superlativo, el
vivido durante la pérdida de mi primer hogar familiar y territorial.
Durante todo este recorrido, fuimos una pareja que sin
compartir muchas afinidades y permaneciendo mucho tiempo alejados físicamente
por la atención que requería el negocio familiar, crecimos y maduramos juntos y
eso hizo fácil la convivencia y amable el tiempo compartido. El reencuentro no
era momento para distribuir responsabilidades ni repasar rutinas o sentimientos
negativos. Sufrimos y disfrutamos juntos de la experiencia de ser padres y
abuelos; de mis distintos roles como madre, hija y esposa dedicada y más tarde
como trabajadora y empresaria llena de requisitos y nuevos compromisos. Mi
esposo ha permanecido a mi lado, permitiéndome ser y crecer a mi capricho y
seguramente haciendo ajustes de adaptación a cada nuevo rol y lo que ello
conlleva en novedad y evoluciones. El camino ha sido largo y muchas veces
difícil e incierto; lo hemos vivido en paralelo si se trataba de permitirnos
ser y desarrollarnos y en estrecha unión cuando se ha tratado de apoyarnos,
luchar y enfrentar tantas responsabilidades, alegrías, angustias y sufrimiento.
El balance que hoy he querido elaborar para conmemorar 47
años de vida en común, ha sido positivo; nunca me arrepentí lo suficiente de
aquel sí irresponsable. Nunca fue tanta la decepción como para separarme del
destino elegido y aunque hubo buenos, regulares y malos momentos, la decisión
tomada una vez la refrendaría si fuera necesario. Y me gustaría volver a
empezar.... me encantaría revivir lo vivido y sólo cambiaría mi proceder y mi
manejo en algunas circunstancias que me sorprendieron sin haber crecido lo
suficiente.
A Dios agradezco la misión encomendada y el soporte amoroso
para vivirla y completarla. A mi esposo su amor sin condiciones, su comprensión
y compañía. A mis hijos su aporte inmensurable a la consolidación y disfrute familiar. A mis nietos su carga de
juventud y alegría refrescantes luego del largo trayecto recorrido. Es
gratificante sentirse en el lugar adecuado y con las personas adecuadas.
Celebro entonces hoy estas bodas de amatista con gratitud en el alma y mucho
amor en el corazón.

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