La soledad es un valor agregado a la existencia. Cuando estás solo, el silencio tiene mil formas y mil colores; el paisaje es más amplio y ofrece más variedad. La mente hace su mejor esfuerzo para acompañarte y llenar tu vida de su propio contenido. ¿Por qué huirle, entonces? ¿Por qué no tomar lo que nos ofrece, y agradecido, enriquecer el alma con tan genial, inédita y variada oferta?
Llegamos a este planeta después de nueve meses de la más absoluta soledad. Soledad absoluta, sí; pacífica y acogedora. Casi de inmediato aprendemos a depender de los demás. La presencia de alguien nos calma las necesidades, arrulla nuestro sueño, acompaña la vigilia, alcanza nuestros anhelos. Abandonamos entonces aquella soledad absoluta y primitiva para siempre. ¿Será que así podemos prepararnos para retornar a ella?
A más gente alrededor de mi, más evidente se hace mi propia soledad. Porque soy inédita, porque soy distinta, porque soy ajena, porque soy original. Nunca podrías compartir mis vivencias, mi dolor y mi alegría porque llevan los matices de mi misma; porque los siento a mi manera, porque los vivo como yo soy.
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